Misiva a San Petersburgo

Misiva a San Petersburgo

Praga, 27 de mayo de 1914

“Mi muy querido amigo:
Hace ya tres largos años que has estado en nuestra casa y no se te deja de extrañar. A estas horas estoy sólo en mi cuarto, pensando si tal vez mi padre querrá jugar una partida de Karten, a lo cual ya nos hemos acostumbrado. Me pregunto si el tiempo será inclemente en esas lejanas tierras y si ya has hecho alguna amistad. Por lo que me dices, pese a que tus negocios han prosperado, te sientes un extraño en tierra de extraños. Tal vez, querido amigo, fuera preferible que resignaras algo de tu ambición para tener aquellas cosas realmente importantes de la vida: afectos genuinos y cercanos.
Por mi parte, te tengo reservada una sorpresa que espero te resulte grata, estoy por comprometerme con una joven de familia acomodada, que se afincó en nuestro barrio al poco tiempo de tú partida. ¿No sería, tal vez, esta ocasión propicia a arrojar por la borda todos tus intereses materiales, y tener tu grata presencia en nuestra ceremonia de compromiso?
El único cambio evidente será que dejarás de tener un amigo para tener un amigo inmensamente feliz, y una amiga fiel, que para un hombre soltero como tú es una gran bendición. No debes sentir ningún tipo de obligación ante esta invitación, se que seguirás lo que te dicte tu buen criterio y los dictados de tu corazón generoso. Aprovecho para enviarte un cordial saludo de mi futura prometida y mis mejores deseos para todo lo concerniente a tu persona: Georg Bendemann”
El hombre dobló el papel en cuatro antes de introducirlo en el sobre. Luego miró a través del ventanal la ventisca que azotaba la ciudad. A esas horas, casi de madrugada, toda la ciudad lucía blanca desolación, ni siquiera pasaba un carruaje ni el antiguo tranvía El parque tenía sus árboles desnudos y el lago cubierto de una delgada capa de escarcha. Incluso el Callejón del Oro, con los fulgores de la nieve y la luz de luna, parecía de plata. La oficina estaba iluminada por un tenue candil mientras el hombre inventaba excusas para postergar el regreso a casa. Al día siguiente sería sábado, para el hombre los fines de semana eran eternos.
Tal vez mañana se abrigaría bien y saldría a caminar por la orilla del río. O quizá encendiera los leños y aprovechara el descanso para leer y escribir. ¿Escribir? Si, probablemente una esquela corta y sobria sin destinatario determinado.
Se irguió y apagó las últimas luces de su prisión cotidiana. En realidad no podía escapar de si mismo. Cuando estaba allá, deseaba estar acá; y cuándo estaba allí, quería estar en otro lugar. Incluso las personas no le eran imprescindibles, aunque a veces tomaba conciencia de su soledad y añoraba tomar un buen cogñac con algún amigo verdadero.
—“No se puede espulgar la libertad del individuo, no hay hendiduras en el cerebro para seguir viviendo” —pensó taciturno.
La borrasca giraba a su alrededor al igual que aquellos pensamientos. Al doblar la esquina casi se tropieza con un guardia, que le dice:
—¿Por qué piensa esas cosas, señor? Si sigue con esos pensamientos deberemos cobrarle el impuesto a las ideas impropias.
Siguió su camino sin contestar e intentando no pensar. Los mudos edificios tenían la consistencia de la niebla y las sombras Una anciana, en el dintel de una casa abandonada, se iluminaba con una luz de acetileno, sobre ese fuego daba vueltas algo que parecían unas salchichas. Le sonrió mostrando unos pocos dientes renegridos y sus malvados ojos de diablesa.
—Buenas noches señora ¿usted conoce a alguien llamado Franz Kafka?
—¡Jesús! Yo soy Kafková Frantiska. Mi padre era carnicero equino, se llamaba Frantisek Kafka.
—Pero, usted no me ha respondido ¿sabe usted de alguien llamado Franz Kafka?
—Señor Bendemann, estas horas son propicias a las historias de homúnculos, íncubos y brujas —siseó la vieja—. Por las mañanas Praga resplandece con sus cien cúpulas de oro. A la noche salimos nosotros, los espectros, y la ciudad es nuestra por unas pocas horas.
—Sigue sin responder, señora —dijo el hombre contrariado.
—Cuando alguien pregunta algo debe tener paciencia para escuchar la respuesta —la vieja volvió a mostrar su pútrida sonrisa—. La persona por la que usted pregunta tal vez no exista. Quizá sea sólo un personaje en una trama que ni él llega a comprender.
—Pero, si existe ¿dónde lo puedo hallar?
—Señor Bendemann ¿se le ocurrió pensar que usted, yo y la misteriosa noche de Praga podamos ser la alucinación de la mente afiebrada del tal Kafka?

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El hombre de marrón del fondo de mi casa

El hombre de marrón del fondo de mi casa

“A Gila”

Jamás había tenido un golpe de suerte en mi vida. Cuándo me avisaron desde la escribanía que había heredado una casa pensé que me estarían jugando algún tipo de broma pesada. Pero no fue así.
El caserón quedaba en el barrio de Caballito, donde todavía sobrevivían algunas calles adoquinadas y la mayoría de las construcciones eran bajas. Era de esas casas que llaman “tipo chorizo”. La entrada era por un zaguán, con puerta y contrapuerta las cuales eran con marco de madera y vidrios repartidos. Los herrajes y la aldaba eran de hierro fundido. Luego de un hall de recepción embaldosado se pasaba a un patio enorme. Lo cubría una parra de hojas tupidas. Hacia la derecha había una escalera de mármol cuyo primer descanso daba una pieza. Al final de la misma se entraba a una terraza tan grande como el patio.
Todas las habitaciones, una detrás de la otra, daban sobre el patio. En este se disponían unas cuántas macetas con flores y plantas. Un jaulón, que en sus mejores épocas, de seguro, estaría lleno de canarios y cardenales. En el límite del patio (lo que parecía el final) había una cocina. Detrás de la misma proseguía el un patiecito interior al que daban un par de piezas y dos baños.
Mentalmente elaboré una lista de elementos. Pintura al aceite y al látex, pinceles, aguarrás, clavos, machimbre, algunas chapas para reparar el techo de la galería. Después tenía que revisar los desaguaderos y la instalación eléctrica. De hecho tuve que comprar una llave térmica porque lo que había era un tablero de mármol con tapones cerámicos.
Después de dos semanas de arduo trabajo casi había finalizado.
Entonces ocurrió aquello.
—¿Te enteraste que hay un tipo de marrón en el fondo de casa?
Estaba chupando la bombilla, tratando de tragar el mate casi hirviendo que me cebaba Susana. No solo escupí por la boca sino que un poco se fue por las fosas nasales. Total: me quemé la garganta y los conductos de la nariz. Tosí como un condenado.
—¿Qué dijiste?
—Un tipo de marrón. Lo vi esta mañana.
—¿Y? —la miré incrédulo— ¿Qué hiciste?
—Nada, te lo digo a vos —entornó los ojos con aire conspirador—, sos el hombre de la casa. Tenés que ir a hablar con él.
—¿Si? ¿Y que le digo? —el esófago me ardía—. Buenas, señor ¿cómo está? ¿le incomoda que viva en mi propia casa?
—Nuestra —me corrigió Susana— nuestra casa…
—Claro, nuestra casa —de nuevo la miré esperando que me dijera que era una broma— ¿Por qué no empezaste a los gritos?
—¿Porqué? Si el pobre viejo ni se escuchó en todo este tiempo.
—Bien, ¿Y porque no lo invitas a cenar?
—¡Ay! ¡Haceme el favor! —ahora ya estaba alterada— andá a hablarle para saber quién es. O si no mejor, hablá con la inmobiliaria, a ver que te dicen.
En la inmobiliaria me dijeron que tenía que hablar con la escribanía. En la escribanía que tenía que hablar con mis tíos a ver si ellos sabían algo de este asunto. No sabían nada.
—Mirá nene —para mi tía Celia siempre era el nene—, creo que la abuela Jacinta me habló de un señor. Creo que era carpintero, le subalquilaban una piecita. ¡Pero hace tanto! No se más nada.
Mi tío Juan, como era usual, no sabía nada de nada; excepto armar su pipa para ir a fumar a la vereda en su silla de esterilla.
—¿Ahora que vas a hacer? —la voz de Susana tenía un dejo de compasión.
—¿Y si voy a la comisaría?
—¡No lo puedo creer! Me casé con un hombre sin huevos ¿Qué te van a decir en la comisaría? ¿Sabés cuántas casas tomadas hay en el capital?
—Una casa tomada… significa varias personas, acá estamos hablando de un viejo.
—¡Ahí está la madre del borrego! —me dijo socarrona— Un viejo. Mañana sacalo de las solapas a la calle, tonto.
Al día siguiente me llegué hasta la piecita. Estaba al fondo, al lado del baño más pequeño. De todas maneras había un tema que no era menor. Yo jamás lo había visto cuándo hacia las reparaciones. Tampoco cuándo, necesariamente, el tipo tuviera que hacer sus compras. ¿Habría alguna entrada secreta que yo no conocía?
—Dejá, viejo —Susana a mis espaldas— ¿Qué mal puede hacer? Los chicos lo quieren, están horas con él.
—¿Los chicos? ¿Esteban y Paula? ¿Nuestros hijos?
—Si, ¿Quiénes más? —susurró—, lo adoran.
—Pero ¿Si el tipo es un pervertido? Pensá, si les hace algo.
—Boludo, ¿como podés…?
—Esas cosas ocurren, no es ninguna novedad…
El asunto es que me convenció, pero esa semana ocurrió algo que me decidió a enfrentarlo.
—¿Qué es eso que tenés ahí, Paula?
—Un crucifijo, me lo hizo el señor de marrón.
– —Ni siquiera le conocés el nombre —respondí con una rara mezcla de celos y recelo.
—No. Le decimos abuelo.
—¿Me lo dejás ver?—lo tomé en mis manos.
Nunca había sido demasiado creyente, pero el contacto con aquel crucifijo me sensibilizo, era como si la madera irradiará tibieza y paz.
—Papito ¿Estás llorando?
Tenía un nudo en la garganta, las lágrimas caían por mis mejillas a raudales. No podía dejar de acariciar la imagen del Jesús crucificado y sufriente.
Paula, asustada, corrió a buscar a su madre. Volvió con ella y con su hermano. Los tres me miraban sin entender demasiado, creo que jamás me habían visto llorar; ni yo entendía que pasaba. Me acerqué a Susana y le di el crucifijo. Dejé de llorar al instante.
Susana lo miraba con los ojos vidriosos pero en ningún momento rompió en llanto.
—¿Qué vas a hacer?
—Primero quiero el crucifijo envuelto en alguna tela. Después, mañana a la mañana voy a hablar con este hombre.
Al día siguiente me levanté temprano y salí a caminar por el barrio. Traté de poner mi mente en blanco.
Disfruté de los primeros rayos del sol, mientras algunos chicos, con sus guardapolvos blancos, iban camino al colegio entre risas y gritos. Una señora paseaba su diminuto perro lanudo. El carnicero estaba abriendo su negocio. Traté, en vano, de pensar lo menos posible en el extraño incidente de la noche anterior. Después de caminar unas cuántas cuadras, decidí volver bordeando las vías del tren. Pasó una formación aturdiendo con su traqueteo de hierro sobre hierro.
Ya estaba decidido, era el momento de hablar.
Pero al doblar la esquina me encontré con que algo andaba mal. Un patrullero estaba frente a mi casa y una comisión policial esperaba en la entrada con una ambulancia, al tiempo que llegaba otro patrullero.
—Perdón ¿Usted es el dueño de casa?
—Si…
—¿Me podría acompañar?
Entré. En el hall estaban Susana y mis hijos. Me miraron en silencio.
—Por acá, señor.
El oficial me indicó la cocina, pero seguimos hasta el fondo. La pieza del hombre de marrón.
—Buenas, disculpe ¿Usted sabía de esto?
—Bueno, mi señora me había comentado algo y yo…—traté de explicar.
—¿Por qué no nos llamó de inmediato?
—Pensé que yo podía manejar la situación —los policías se miraron perplejos—, no los quería molestar por una pavada, después de todo venía hoy iba a hablar con él…
Ahora si. Los tipos me dedicaron una mirada que mezclaba el asombro con la reprobación.
—¿Y se puede saber como iba hacer eso? —la voz del oficial sonó burlona.
—A eso venía, cuándo…
—Espere —levantó la mano—, sígame así me explica mejor.
Al entrar en la habitación varias sensaciones me invadieron. Mi sentido olfativo fue castigado por el hedor a encierro, ese olor característico a humedad como a hongos putrefactos de los sepulcros. El calor propio de las piezas que han estado mucho tiempo cerradas. Luego vi varias personas, algunas con guardapolvos y guantes de látex, rodeando la cama.
—El cadáver está momificado, por eso no despedía olor —uno de los de guardapolvo estaba hablando—.Tendremos que hacer algunos estudios, pero la muerte data de unos cuántos años.
El policía me miraba socarronamente. Yo sólo tenía ojos para el crucifijo de madera que pendía sobre la cabecera de la cama.
—Bien, ahora ¿me puede explicar?
—Oficial ¿usted habló con mi señora? ¿Con los chicos?
—Si, pero están algo alterados —dijo con voz grave—, contaron alguna historia incoherente sobre un hombre de traje marrón y un crucifijo de madera.
Salí de la habitación seguido por los dos policías, me dirigí al comedor.
—Susana ¿dónde está el crucifijo?
—Ahí, envuelto en la franela.
Me acerqué hasta la mesa ratona donde reposaba el trapo amarillo doblado con prolijidad. Lo abrí. No contenía nada.
Me adiviné en la mirada de los míos. Susana y los chicos. De seguro mis propios ojos reflejarían el mismo desconcierto, la misma incredulidad y la pena que se lleva a cuestas cuando se pierde a un ser querido.

H u m a r e d a s

Humaredas

    “Dios no juega a los dados” (Albert Einstein)

Un probable destino es tan irracional como el supuesto azar. Entonces la pretendida existencia de uno, no debería negar la existencia del otro. De hecho, si el tiempo fluye desde algún pasado hacia el hipotético presente y desde ese presente al incierto futuro, nada parecería indicar que desde ese futuro se haya tejido un plan inmutable hasta llegar a él. Pero, ¿si incluso pudiéramos saber con certeza como van a caer los dados? ¿Cuál sería la diferencia? Azar y destino parecerían ser dos vías paralelas y alternativas que echan a suerte nuestras vidas.

Siempre descreí de las casualidades, por lo tanto debe haber sido una serie de prodigiosas causalidades las que me depositaron en el cuarto de aquel hostel sobre Atlantic Avenue, en esa parte de Brooklyn conocida como Bed-Stuy (Bedford-Stuyvesant); un juego de palabras y pronunciaciones que se podría traducir como: “permanecer en cama”.

Hacía el año 1936 el metro neoyorquino construyó la extensión de la línea de la Calle Fulton: la línea A. Conectaba, atravesando desde el norte de Manhattan hasta el oriente de Brooklyn, el Harlem con Bedford, por ese motivo muchos afro americanos decidieron mudarse a Bed-Stuy, que estaba menos superpoblado. Un acontecimiento cultural que quedaría perpetuado años más tarde en un jazz estándar de Billy Strayhorn llamado “Take the A train”  (“Toma el tren A”), que a la postre resultó ser un clásico de apertura a los shows de  Duke Ellington y Ella Fitzgerald.

Por lo tanto Bed-Stuy tenía, para mi gusto, un agregado socio antropológico cultural más interesante que el componente meramente turístico. Nunca me atrajo demasiado buscar la estatua de “Alicia en el país de las maravillas” en el Central Park, ni allegarme hasta la entrada del Dakota Building o, por caso, conocer el Frank Sinatra Park en Oboken.

Mis mañanas comenzaban bien entradas las 10am, por lo tanto otra de mis misteriosas causalidades habían logrado que estuviera antes de las 7am en la esquina de Atlantic Av. con Clinton Street, para ser testigo de una de esas escenas donde la realidad transcribe a la ficción.  Un hombre de mediana estatura, algo enjuto, calzado con zapatillas de tenis, ataviado con jeans, una sudadera azul con capucha y una gorra de los Mets, estaba acomodando en un trípode una cámara fotográfica, que a la distancia, me pareció una vieja Leica de 35 milímetros, apuntando a la ochava este del cruce de la avenida con la calle Clinton. Por instinto miré mi reloj de pulsera, faltaba poco más de cinco minutos para las siete de la mañana en punto. Contuve la respiración y quedé expectante como un cazador que acecha a través de tupidos centenos. Paradójicamente, mi supuesta presa, también adoptó la pose típica del predador. La tensión que se reflejaba en los músculos del cuello, la intensa pasividad corporal y la mirada concentrada en su objetivo. A las siete antes de meridiano exactas escuché el inconfundible sonido metálico del disparador de la cámara. El tipo sonrío satisfecho, guardó la cámara en un estuche de cuero, cargó el trípode al hombro y marchó rumbo a Court Street.

—“¿Será él?”

Decidí que no tenía nada más interesante que hacer aquel día y lo seguí.

El sujeto dobló por la calle Court hacía la derecha, como si fuera al complejo del metro Court-Borough Hall, pero a unas pocas cuadras se detuvo frente a un negocio cerrado. Era un drugstore especializado en tabacos. Con parsimonia abrió los cerrojos y entró cargando sus aparatos. Al rato acomodó en la vereda una máquina expendedora de golosinas, de esas que traen premios, y con una larga vara bajó el toldo de la entrada.

Sin pensarlo demasiado me dirigí a paso vivo hacía aquel negocio. Al entrar sonó la típica campanita colgada sobre el dintel. El hombre estaba detrás del mostrador acomodando algunas mercaderías.

—Good morning —saludó

—Good day —respondí

Me miró algo extrañado, para luego seguir con sus tareas.

El almacén, aunque incomparable, era tal y como lo había imaginado. Estaba abarrotado hasta el techo de todo tipo de menudencias, licores, bocadillos, refrescos y cigarros. Además disponía de algunas mesas para tomar un desayuno, una comida ligera o un trago. Las neveras atiborradas de latas de cerveza, sándwiches envasados al vacío, legumbres congeladas y sorbetes. En el extremo del mostrador había un exhibidor de puros, pipas y tabaco para las mismas. En el centro del escaparate estaba el tesoro que yo intuía que no debía faltar: unos delicados puritos holandeses.

—I help you?

En mi inglés, poco menos que decente, le dije que si; que deseaba un emparedado de jamón y queso, un café negro sin azúcar y una dona glaseada.

Poco a poco iban llegando los primeros clientes de la mañana. Algún viejo, en apariencia jubilado; con su pijama, las pantuflas y el periódico abajo del brazo. Un par de taxistas bulliciosos que, luego de trabajar toda la noche, iban a desayunar antes de acostarse. Una mujer luchando con su bolso, el atado de cigarrillos y un niño que había decidido tomar por asalto el exhibidor de golosinas. Tuve la inefable sensación que en cualquier momento entraría un tipo alto, de ojos saltones y aspecto de intelectual para reclamar por sus cigarritos holandeses.

El hombre se acercó con mi pedido. Acomodó con prolijidad la taza con café, el sándwich y la dona. Luego me ofreció un periódico y si deseaba algo más. A decir verdad, si lo deseaba:

—Disculpe ¿usted es Auggie?

Me dedico una mirada intensa mientras sopesaba la respuesta.

—No, yo no me llamo Auggie.

Pasó un trapo sobre la mesa y se retiró para atender otros clientes.

Estuve escudriñando el periódico tratando de desentrañar las informaciones que, debido al rudimentario uso del idioma, me llegaban fragmentadas. No dejaba de ser un ejercicio interesante.

Cuando consideré que ya me había aburrido lo suficiente le solicité la cuenta, la cual trajo presuroso.

—¿De dónde es usted? —interrogó secamente.

—De Argentina —respondí con su misma sequedad.

—¿Qué hace tan lejos del hogar?

—Verá, soy escritor —dije forzando mi capacidad lingüística al límite—. Me gusta viajar, conocer otras culturas, encontrar nuevos ambientes y escuchar historias.

El hombre se sentó a mi mesa pues el almacén estaba en un momento de relativa calma.

—¿Le gusta escuchar historias? —dijo con un brillo pícaro en la mirada— Aquí lo que sobran son historias.

—¿Por ejemplo? —respondí con aire conspirativo. .

—¿Por ejemplo? —quedó pensativo—. Historias de rateros huidizos, de carteras perdidas, ancianas ciegas o de cenas  navideñas entre solitarios. Usted elige.

En principio pensé que se estaba burlando, que era algún tipo de espíritu bromista.

—Aunque usted no lo crea, en esta misma mesa, lo ayudé a un famoso escritor que sufría un bloqueo a concluir una historia que no deseaba escribir ¿Le interesa?

Pese al brillo malévolo de sus ojos, yo sabía que aquel tipo no se burlaba ni estaba fantaseando.

—¿O prefiere ver mis álbumes de fotos?

Decidí aceptar el convite.

Volví a la hora del cierre. Mi anfitrión me esperaba con los álbumes prolijamente apilados sobre una mesa y un par de  Budweiser  heladas al lado.

Las fotos eran tal como las había imaginado. Retazos de vida aprisionados en blanco y negro. Los rostros, con diferentes expresiones y estados de ánimo, repitiéndose a la misma hora durante meses y años. Un meticuloso estudio antropológico de la rutina abrumadora de la gran ciudad.

Estaba analizando los retratos del tercer álbum cuando reparé en una fotografía que era a color, algo desvaída y ajada y que no guardaba relación con el resto de la obra. Estaba pegada al final de la carpeta.

—¿Y esta? —pregunté

—Bueno, los vecinos saben que soy fotógrafo aficionado —susurró con tono cansado—. Además tengo un pequeño laboratorio de revelado. Son pocas las personas que siguen usando el método artesanal de revelado, ahora todo es digital. Entonces suelen traer viejos negativos para restaurar…

La fotografía en cuestión era un cuadro familiar de extraña composición en un jardín pletórico. Parecía un matrimonio con sus dos hijas. Las niñas miraban a cámara sonrientes. Daba la sensación que estuvieran por hacer alguna payasada que la toma dejó trunca. La madre, por el contrario, parecía mirar a sus hijas. Pero no se veía felicidad en su rostro, sólo una mirada ausente y pensativa. Pero la pose más rara era la del padre. No miraba ni a las hijas ni a la esposa. Tampoco sonreía. Su mirada angustiada se perdía  hacía un costado, como si viera alguna cosa amenazante por detrás de la cámara fotográfica. Su pose daba la sensación de tender a la invisibilidad, casi como si fuera un fantasma.

—Me la trajo una vecina que vivía cerca de aquí —agregó sin que yo hiciera más preguntas—. Esa foto tiene una historia que comienza en su país.

—¿En Argentina? ¿Cómo? —pregunté incrédulo.

Parece que había estado esperando aquel momento. Dio un largo sorbo al porrón y comenzó la historia.

—La familia de la foto vivía en Argentina. Ella, Rebecca, era arquitecta y él, David, ingeniero. Tenían un estudio compartido y abundante trabajo. Pero a finales de los setenta y comienzos de los ochenta en su país la situación social y política era insostenible.

—La guerra sucia, el terrorismo de estado —balbucee.

—Exacto —asintió con la cabeza—, ellos eran judíos y un probable blanco de los paramilitares de derecha. Decidieron emigrar a Israel ayudados por algunos familiares. Comenzaron una nueva vida y no les iba nada mal. Las niñas se adaptaron a las nuevas amistades. Tampoco sufrieron con el cambio de los planes de estudio, ya que hablaban inglés y hebreo con fluidez. Ellos consiguieron trabajo en una constructora internacional que desarrollaba nuevos barrios en Palestina. Todo parecía bajo control.

—¿Parecía?

—Una noche una pareja de amigos los invitó a cenar a un restaurante árabe en Tel Aviv —prosiguió como si no me hubiera escuchado—. En un momento de la velada Rebecca debe acudir a los sanitarios. Cuando está regresando escucha un griterío y una voz que se alza sobre las demás: “Alá es grande”. Su último recuerdo es una terrible explosión, pedazos de mampostería que caen sobre ella y una ola de calor que la abrasa. Despertó algunos días más tarde en una sala del Assuta Hospital de Tel Aviv.  David no pudo sobrevivir al ataque terrorista.

—¿Qué pasó con Rebecca?

—Ahora vive en París —entornó los ojos antes de agregar—, se volvió a casar con un concertista francés. La vida resiste, aún con la cercanía de la muerte.

—¿Y las hijas? —pregunté.

—Hanna vive en un kibbutz cerca de Haifa, está casada y tiene dos niñas —hizo una breve pausa—. Sara era mi vecina. La que me trajo la foto para restaurar.

—Era su vecina —dije pensativo—, ¿se mudó?

—No —su mirada pícara se apagó antes de agregar—, trabajaba en la Torre Dos del World Trade Center.

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EXTRAÑA FORMA DE AMAR (ESTRANYA FORMA D’ESTIMAR)

mujerTRADUÏT AL CATALÀ PER PERE BESSÓ

ESTRANYA FORMA D’ESTIMAREsmunyí els seus dits pel coll d’ella. En l’altra mà tenia el joguet. Baixà la mà pels seus pits nus. Ella gemegà una mica. En acabant amb el dit índex seguí el curs de la vena que restava a la part interna del seu braç esquerre. Més avall del braçal. Amb el capciró dels dits li donà uns suaus colpets, mentre que li besava els mugrons. Ella mussità alguna cosa intel·ligible. Llavors la penetrà.
La hipodèrmica buidà el dolç verí al seu torrent sanguini.EXTRAÑA FORMA DE AMAR

Deslizó sus dedos por el cuello de ella. En la otra mano tenía el juguete. Bajó la mano por sus senos desnudos. Ella gimió un poco. Luego con el dedo índice siguió el curso de la vena que quedaba en la parte interna de su brazo izquierdo. Más abajo del brazal. Con la yema de los dedos le dio unos suaves golpecitos, mientras le besaba los pezones. Ella musitó algo inteligible. Entonces la penetró.
La hipodérmica vació el dulce veneno en su torrente sanguíneo.